Natalia Carrillo

"Porque somos campesinos" La construcción de identidades colectivas en la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos de Colombia (ANUC).

El artículo aborda el tema del movimiento campesino en Colombia a través del estudio de caso de la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos ANUC. Se propone la necesidad de retomar el tema desde otro punto de vista, empleando otro tipo de herramientas analíticas y trayendo a la investigación las experiencias recientes de movimientos y movilización campesina en América Latina...

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...Utilizando las herramientas metodológicas de los nuevos movimientos sociales-NMS, se retoma la experiencia de la organización esta vez desde la perspectiva de la construcción de la acción colectiva y de identidades colectivas. Utilizando desde los planteamientos de la movilización de recursos hasta las teorías de la identidad, se reformulan hipótesis y preguntas de investigación sobre las dificultades organizativa del campesinado. Además de una reinterpretación de la ANUC como organización campesina, se propone una reflexión sobre el papel definitivo que tiene la metodología en los resultados de investigación.

Palabras Clave: Identidad; Campesinos; Movimientos sociales; Colombia; Rural.

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Natalia Carrillo Botero

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Master 2 Recherche, option Sociologie
Directeur: Christian Gros
Institut des Hautes Etudes de l'Amérique Latine (IHEAL)
Centre de Recherche et de Documentation sur l'Amérique latine (CREDAL)
Université Paris 3 Sorbonne Nouvelle

 

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La construcción de identidades colectivas en la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos de Colombia (ANUC).

 (Resumen de Master 2 recherche, original en francés)

 

Introducción

          Este resumen presenta una síntesis de los principales resultados de investigación de nuestra tesis de maestría alrededor de la problemática del movimiento campesino en Colombia. El estudio de caso: la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos ANUC, el intento de organización campesina más importante en el país. Nuestro trabajo se desarrolló alrededor de dos objetivos principales: evaluar el estado actual de los Usuarios y proponer nuevos campos analíticos para repensar la experiencia colectiva de la organización. Con el fin de formular nuevas hipótesis de trabajo dejadas de lado por las herramientas analíticas utilizadas en los decenios anteriores, optamos por emplear las herramientas teóricas de los Nuevos Movimientos Sociales-NMS para abordar el tema. El trabajo de campo se realizó con los dirigentes nacionales de la ANUC en el principal escenario de la ANUC Nacional: las oficinas de la organización en Bogotá, la capital. 

Debido a que las únicas publicaciones existentes[1] sobre la ANUC, aquellas de Leon Zamosc (1987), Cristina Escobar (1982) y Silvia Rivera (1987), pertenecen a los años setenta y ochenta, se conserva una visión de la ANUC construida en un momento político y académico marcado por las teorías marxistas. Es por esto que a partir de un cambio radical de herramientas analíticas, queremos partir de otro punto de vista, explorar las dimensiones de la construcción de la acción colectiva: desde las raíces de la acción y la movilización de recursos materiales y simbólicos hasta la construcción de identidades colectivas como sustento de la acción, intentando evidenciar las diferentes relaciones dinámicas entre la construcción de sentido y las reivindicaciones materiales de la lucha campesina.

 

I. La Asociación Nacional de Usuarios Campesinos ANUC

          La ANUC se creó a finales de los años sesenta gracias a una campaña de organización campesina emprendida por el gobierno del Frente Nacional-FN (1958-1974). Dentro del contexto del Reformismo como política pública, se impulsó la organización campesina en 1966 a través de la figura de Usuarios de servicios gubernamentales[2]. La historia de la ANUC ha sido contada por sus biógrafos en función de los avances y retrocesos de la política reformista y del advenimiento del anti-reformismo a partir de 1970 y las consecuentes reacciones de los Usuarios. Los trabajos existentes proponen tres períodos en la vida de la ANUC: un primer período que han llamado paraestatal, que va desde su creación en 1968 hasta 1972, en el cual la organización sigue los lineamientos del gobierno dentro de la lógica del reformismo agrario; un segundo período llamado de radicalización y confrontación (1972-1974), en el que la organización se aparta del gobierno ante la reversa de la reforma agraria y busca otros aliados; y un tercer período de crisis y reflujo (1974-¿?), en el que la organización se fragmenta, pierde visibilidad y orientación.. Este período es dejado abierto por Rivera (1987), pero  representa la crisis final para Zamosc (1987). Es a partir de finales de los ochenta que la ANUC prácticamente desaparece del escenario nacional y de la investigación. Es únicamente a través de textos recientes y no dedicados específicamente a esta organización que tenemos acceso a esta década. Se advierte un vacío enorme de información durante todo el período que siguió a la crisis, inclusive dentro de los propios archivos de la Asociación. La mayor  muestra de este vacío es su ausencia en el proceso constituyente de 1991, por lo tanto el no reconocimiento del campesino como sujeto de derechos y de su derecho a la tierra (Escobar 1991).

Sin embargo, a pesar de lo que parecería un anuncio de muerte prematura, la ANUC sigue existiendo. Al 2001 el Ministerio de Agricultura había otorgado más de 900 personerías municipales, y las últimas cifras oficiales de la Asociación, también del 2001[3], estiman que de ese número, unas 650 se encuentran activas hoy. Estas cifras oficiales nos muestran un total de 630 Asociaciones municipales activas y un total de 234.800 miembros a nivel nacional. La Asociación está presente en 27 de los 32 departamentos (83,37%) de Colombia y en 630 de los 1092 municipios (57,69%)[4]. Su organización se estructura sobre la organización territorial del país: parte desde la vereda hasta la región. La mayoría de asociaciones se encuentran en la Región Oriental (31,64%), seguido de la Región Sur (25,98%) y la Región Occidental (23,21%). El cuarto lugar es para la Región Norte (17,25%) y finalmente la Región Litoral Pacífico con un 1,92%. Los departamentos que cuentan con mayor número de miembros inscritos son Boyacá, Cundinamarca, Santander y Norte de Santander. Son seguidos por Tolima, Valle del Cauca y Caquetá.

 

II. “Porque los campesinos son hijos legítimos del Estado”. Buscando las raíces de la acción colectiva

          Lo primero para poder abordar el tema desde la perspectiva de los MS es interrogarse sobre las raíces de la acción colectiva: ¿Qué tipo de procesos condujeron a los campesinos a asociarse para actuar de manera colectiva frente a problemas comunes y específicamente frente a la problemática de la cuestión agraria? (McCarthy et al 1996; Starn 1991) Esta pregunta nos remite necesariamente al Reformismo del Frente Nacional y a la campaña de organización campesina emprendida por el gobierno. Más que seguir cuestionando el origen gubernamental de los Usuarios, el objetivo es proponer una mirada alternativa, buscando de qué manera las raíces de la acción colectiva aportan elementos para la comprensión de las particularidades de la ANUC como organización. Con base en las propuestas teóricas de la movilización de recursos - John MaCarthy y Mayer N. Zald- y en las teorías de la estructura de oportunidades políticas (Sidney Tarow), proponemos que el Reformismo del FN constituyó entre 1968 y 1972 una oportunidad política única para el campesinado. La aparición de la organización campesina se comprende como un campo dinámico de relaciones complejas entre agentes, alejándonos de la posición clásica de la instrumentalización y la manipulación del gobierno a través de la campaña de afiliación. Fue necesaria también la existencia de elementos internos al campesinado que estimularan la organización: el campesino optó por organizarse, no “lo organizaron”. La agravación de la situación en el campo y la perspectiva de poder participar activamente de los servicios gubernamentales y de poder salir de la exclusión, llevó a que los campesinos vieran en el Reformismo una oportunidad política para movilizarse.

De la misma manera, proponemos que el Estado actuó como estructura movilizadora (McAdam et al 1996, McAdam 1998, Tarrow 1998) de la ANUC. La estructura gubernamental dio forma en un primer momento a las orientaciones de la acción colectiva. El hecho de haber sido el Estado el que jugó este rol no tiene per-se ninguna connotación negativa; la estructura movilizadora carece de atributos de valor, no es “buena” o “mala”. Todo fue entonces tomado en este primer momento del Estado: las formas organizacionales, el presupuesto, las estrategias de acción, la ideología, los primeros empresarios políticos [5]. Es desde este punto de vista que se debe reconsiderar el papel del Estado dentro de la ANUC: ¿Cómo y qué tipo de relaciones ha construido la ANUC con su estructura movilizadora? ¿Cómo han influenciado estos elementos las acciones y la construcción del sujeto colectivo?

En este punto se retomaron tesis de autores como Catherine Legrand (1988) sobre las luchas campesinas de los años treinta en Colombia, y de María Clemencia Ramírez (2001) sobre los campesinos cocaleros del Putumayo intentando reforzar la idea de que los movimientos campesinos en Colombia han tendido más a buscar el apoyo del Estado que su destrucción. Dentro del contexto colombiano, los movimientos campesinos no proponen una lucha contra el gobierno sino que al contrario reclaman su presencia efectiva y la incorporación efectiva como ciudadanos dentro de las lógicas de poder. Adoptando esta posición, las posibles interpretaciones sobre la experiencia de la ANUC cambian de manera significativa. Ya el interés no se centra en las capacidades del movimiento para oponerse al Estado, que ha sido el eje de las investigaciones anteriores, sino alrededor de todos los posibles matices que pudieron tomar y toman en la actualidad los vínculos entre los dos actores.

¿Cómo definen hoy los dirigentes de la ANUC esta relación? Los dirigentes campesinos actuales se proclaman como hijos legítimos del Estado. El Estado como fundador de la organización es fundamento de su legitimidad, y el mayor indicador de esa legitimidad es para ellos su personería jurídica. El origen gubernamental parece ser para los dirigentes más una cuestión de orgullo que un pasado reprochable. Esta visión de una relación de paternidad con el Estado va más allá del sentido evidente de su fundación gubernamental. Representa a nuestro parecer una forma muy particular de relacionarse, y que puede orientarnos sobre los interrogantes que nos planteamos sobre la relación entre movimiento y estructura movilizadora.

Tomando la formulación de políticas públicas rurales como forma por excelencia de relación entre los dos actores, analizamos brevemente su desarrollo desde los inicios de la ANUC hasta la actualidad. Proponemos que el Estado se ha configurado como dador y el campesino como receptor: recae entonces en el Estado toda la responsabilidad de solución de los problemas rurales y el campesinado se configura como actor pasivo ante su propio desarrollo. Este paternalismo es reconocido en mayor o menor medida por todos los dirigentes, más por los jóvenes que por los antiguos. Sin embargo, esta forma de relacionarse es uno de los principales obstáculos para que la organización como ente nacional logre adaptarse a la nueva estrategia de política pública para el campo: el Desarrollo Rural, que da un giro radical eliminando prácticamente los principios de asistencia y de promoción de acceso a los servicios del Estado[6]. Las dificultades para el desarrollo de una autonomía y capacidad de gestión (Forewaker 1995) no proviene en ninguna medida de “dificultades intrínsecas al campesinado” o de los orígenes gubernamentales de la organización o de sus nexos con las instituciones, sino del hecho de que los Usuarios no han logrado salir de los marcos de significado y organización de su estructura movilizadora. Para sobrevivir, los actores deben ser capaces de crear una estructura organizacional propia y más durable en la cual sustentar la acción colectiva. Lo mismo ocurre con las oportunidades políticas: en la medida en que éstas son circunstanciales, no pueden proveer sustento continuo a la acción colectiva. Para seguir existiendo como colectivo, los actores deben entonces construir sus propios marcos, movilizar sus propios recursos y deben ser capaces, ellos mismos y a través de su acción, de crear oportunidades políticas (, McAdam et al: 1996, McAdam: 1998 Tarrow: 1998). Durante el proceso de nacimiento el Estado asumió el rol de padre que otorga, un rol de asistencia, y la organización ha continuado reproduciendo esta forma de relación: por este motivo la relación actual no constituye un diálogo entre actores sino entre un hijo que sigue esperando que su padre se ocupe de él. Debe entonces dirigirse el análisis más bien hacia el rol que ha jugado y juega el Estado una vez se evidencia su carácter de estructura movilizadora no superada, y que sigue ocupando entonces un lugar estratégico en la construcción de significado y de estrategias de acción.

No obstante, todo esto no quiere decir que la ANUC no haya intentado superar los marcos proporcionados por el Estado. No sólo hoy, sino durante toda su historia se evidencian intentos de construcción de repertorios propios de significado y de acción, y ese desafío de reinventarse y redefinirse es uno de los principales derroteros actuales de la Asociación.

 

 III. “Porque nosotros somos campesinos, nosotros tenemos una identidad propia”: En la búsqueda de fuentes de significado.

          Es en el momento en el que la estructura de oportunidades políticas cambia drásticamente con la contra-reforma, y el Estado como estructura movilizadora deja de existir, que la ANUC se ve obligada a revisar su estrategia y a intentar buscar un reemplazo para todo lo que ésta la proporcionaba, desde los recursos materiales hasta las definiciones ideológicas. Los años llamados “radicales” de la ANUC (1972-1975) y los profundos divisionismos internos que comienzan a reproducirse desde entonces, son fruto de este primer momento en el cual los Usuarios debieron poner en marcha una interacción y negociación de diferentes orientaciones para continuar la construcción del actor colectivo. Durante este período, en búsqueda de unos nuevos marcos de significado y acción, la ANUC no logró poner en marcha los procesos internos de negociación, y lo que hizo fue, más que volverse radical, adoptar otra estructura movilizadora: los partidos de izquierda. De nuevo, los partidos no cooptaron y alienaron el movimiento, los dirigentes campesinos, esta vez actuando como sus propios empresarios políticos, optaron por adoptar todos estos marcos de significado sin negociarlos colectivamente con los miembros. El resultado fue una ANUC fragmentada, con demandas atomizadas y con una multiplicidad de identidades que no fueron negociadas para formar un sujeto colectivo.

En la década de los noventa los dirigentes comienzan la búsqueda de otras fuentes ideológicas para renovar la Asociación, este interés se da ante el protagonismo de las identidades étnicas (afrocolombianas e indígenas) en la Carta Constitucional de 1991. Ante el desentendimiento total por parte del Estado y la incompatibilidad experimentada con los partidos de izquierda, los dirigentes comienzan a preguntarse cómo pueden construir algo propio, algo que sea “de los campesinos” en analogía a lo étnico como único a comunidades indígenas y afro colombianas. La aparición en el escenario nacional en esta década de nuevas reivindicaciones como los derechos culturales, los derechos humanos, de las mujeres, de la juventud, consagrados todos en la constitución, enriquecen esta reflexión. La estructura y la situación agraria han cambiado: ni la reforma agraria ni la revolución vieron la luz del día… ¿Dónde buscar nuevas fuentes de sentido?

Para la dirigencia nacional la urgencia hoy es renovar la Asociación, pero esto pasa necesariamente por lo que ellos llaman una creación de conciencia y una redefinición de lo que es campesino, “de lo nuestro”, del sentido de pertenencia, de la identidad campesina. Expresan una gran preocupación ante su ausencia del proceso constituyente como sujeto de derechos, y formulan la necesidad de que su campesinidad sea reconocida cultural, económica y políticamente. Nos pareció pertinente entonces interrogarnos sobre la construcción de identidades colectivas dentro de la Asociación, de identidades como organizadoras del sentido, como lo plantea Manuel Castells (1999). Teniendo en cuenta principalmente –pero no exclusivamente- conceptos desarrollados por este autor y por Alberto Melucci (1988, 1995) proponemos a la cultura como fuente primordial para la construcción de identidades colectivas dentro de la Asociación.

De maneras diferentes, los dirigentes de todas las regiones expresan su preocupación central sobre el reconocimiento de “ser campesino”, no trabajador rural, pequeño productor, o tantas otras identidades que les han sido asignadas, incluyendo paramilitares o guerrilleros, y con las cuales no se identifican. Es la búsqueda de lo que hace al campesino un campesino como analogía a lo que hace indígena a un indígena o afrocolombiano a un afrocolombiano. Explorando los posibles elementos de la campesinidad con los dirigentes, la relación especial y única con el campo, con la tierra, se formuló como elemento central. Vivir y trabajar para y por el campo –no por el agro- es uno de los elementos de ser campesino. Ser agricultor no significa necesariamente ser campesino, ni trabajador rural, ni jornalero ni cultivador: las relaciones de trabajo no definen el ser campesino, es una relación de tipo cognitivo. El Campo aparece como un paisaje social en el que nacen y se reproducen todos los elementos de la cultura campesina. La tierra no es entonces únicamente un medio de reproducción material, es un medio de reproducción cultural y social.

Las relaciones con la tierra han sido amplia y extensamente exploradas en el caso de las comunidades indígenas, para quienes hace parte de una cosmogonía establecida y explícita. En el caso de los campesinos, al no existir como discurso abstracto, no es tan visible, poniéndose entonces el acento sobre las relaciones de trabajo y la forma de reproducción material: la agricultura. Otro componente ha sido el carácter instrumental de las reivindicaciones campesinas, que se alejan del discurso abstracto sobre la tierra y son por lo tanto calificadas de corporativistas o gremiales. Es posible que no haberse interrogado sobre las identidades campesinas parta de la asunción errada de que las identidades tienen que construirse a partir de elementos meramente discursivos y no instrumentales. Las identidades son tan legítimas cuando provienen de elementos discursivos que cuando provienen de elementos pragmáticos, sobretodo en América Latina, donde la las necesidades materiales son omnipresentes –como es el caso de la cuestión agraria- y hacen parte por lo tanto de las reivindicaciones contemporáneas (Gros 1998). La reivindicación cultural de la campesinidad y de su vínculo abstracto con la tierra no es incompatible con las reivindicaciones de los campesinos por las mejoras materiales de vida y de sus medios de producción. De la relación con el campo se desprenden otra cantidad de elementos como la familia, la relación con los alimentos, una concepción muy particular del trabajo y del tiempo, así como una percepción de una historia compartida, una historia marcada generalmente por el destierro, la explotación y exclusión.

Lejos de querer implicar que existe algo como LA identidad campesina o EL campesino, se reconoce la heterogeneidad y la multiplicidad de formas de ser campesino, como ha sido ya discutido por varios autores desde los años noventa. De la misma manera, la identidad no es una esencia; esta se encuentra en constante cambio y un individuo o un actor colectivo puede tener varias identidades (Castells 1999). Aunque la heterogeneidad existe y es una variable importante para la organización, no explica por ella misma, como se ha creído, la crisis de la organización del campesinado. Lo que pensamos ocurre es que la organización no ha sabido hacer dialogar las diferentes orientaciones y percepciones de la acción, no se han negociado internamente todas esas formas de ser campesino para construir un proyecto coherente y unificado que le dé sentido al actuar juntos, poco importa de dónde provengan los elementos comunes, o si son reales o imaginados. No poner en marcha esta negociación ha limitado la producción de lo que Melucci (1988, 1995) ha llamado una “definición interactiva y compartida” del significado de la acción colectiva. En ausencia de este proceso, la movilización de todos los recursos materiales e inmateriales para la acción colectiva no logra realizarse. Uno de los elementos más visibles y que empleamos en nuestro trabajo para analizar esta falta de negociación de identidades es la ausencia o la existencia contradictoria de símbolos de la ANUC como colectivo nacional. ¿Significa esto que tal vez estamos ante una formación identitaria ligada más bien al territorio, a la región? Es lo que proponen Salgado y Prada (2000) en su investigación, y podría ser el caso de una organización nacional como la ANUC. Sin embargo, si los Usuarios quieren tener representación y unidad a nivel nacional para negociar con el Estado central y no sólo con las gobernaciones regionales, el fortalecimiento de la ANUC Nacional es fundamental, y el diálogo y la concertación de identidades y significados entre las regiones no parecen estarse produciendo.

Creemos que la construcción de identidades colectivas a partir de los elementos de la cultura campesina podría ser fundamental para lograr el reconocimiento que la organización busca de su campesinidad. Este reconocimiento permitiría a su vez, como lo expresan los dirigentes, el reconocimiento por parte de otros sectores, y a nuestro parecer, la posibilidad de un reconocimiento de “campesino” como una categoría dentro de la política pública y un sujeto de derechos como las etnias.

 

IV. Entre campesino y Usuario

          Habiendo abordado la búsqueda de sentido dentro de la organización y esa urgencia de reconstruir la identidad campesina, encontramos una contradicción profunda entre este proceso y las prácticas y estrategias actuales de la Asociación, llevándonos a plantear que a pesar de todo este esfuerzo de construcción propia de significado, el Estado sigue ocupando el rol central en la producción de significado, de medios y de fines para la acción colectiva. En el discurso, los dirigentes se definen todos como campesinos, pero en la práctica, actúan como Usuarios. Esta figura ha ciertamente evolucionado, pero ha echado raíces como identidad colectiva dentro de la asociación.

La organización nunca abandonó realmente los marcos de significación y acción proporcionados por su estructura movilizadora. Explorar esta dimensión es fundamental para entender un poco más las dificultades que enfrenta la organización campesina hoy. El sentido de usuario nos lleva también a esa relación paternal que se ha establecido con el Estado. Ser usuario implica asumir la posición del hijo que recibe, no la posición de un interlocutor directo y activo que puede discutir las condiciones de su misma existencia y ser activo en la búsqueda de soluciones ante la crisis que atraviesa el campesinado en Colombia. Esta noción entra en directa contradicción con la intención que expresan los dirigentes de construirse como actor social autónomo e influyente sobre su propio destino. La noción de Usuario presupone la conciencia de tener derechos, pero no de tener deberes[7]. La conciencia de Usuario es pasiva y se limita a recibir, pero no nos dice nada sobre la responsabilidad que tienen los actores dentro del proceso de cambio, sobre la responsabilidad de cambiar el espacio social y las relaciones sociales en las que se encuentra inscrito, proponiendo proyectos para modificarla y construyendo así nuevos sentidos de ciudadanía. Creemos que esta doble conciencia de derecho y deber no se puede construir a través de una identidad de usuario. Esta contradicción es para nosotros uno de los principales desafíos que enfrenta la organización si quiere fortalecerse a nivel nacional, como agente político, cultural y económico coherente e interlocutor del Estado.

Dentro de la búsqueda de crear lo propio, la redefinición de la dimensión política de la Asociación es una de las preocupaciones más presentes para todos los dirigentes. Se sienten invisibles no sólo para el gobierno sino para la sociedad nacional, y su meta es ser reconocidos como lo son los indígenas o los afrocolombianos. La lucha campesina es una lucha política, y ante la urgencia que expresan los dirigentes de la Asociación de lograr una capacidad política y un reconocimiento político en el país, la pregunta se dirige hacia cómo lograrlo. Si retomamos la historia de la incursión en política de la ANUC -incluyendo el fallido intento electoral de 1978-, podríamos pensar que su fracaso se debió a que no se han construido desde adentro una dimensión política y una noción misma de lo político. Hoy en día, al observar de cerca tanto las prácticas como las nociones de lo político dentro de la dirigencia nacional, volvemos a constatar que siguen perteneciendo a marcos de sentido de la estructura movilizadora. Siguiendo las propuestas de Starn (1991) para el caso de los campesinos Ronderos de Perú o Escobar et al (2001) para las comunidades afrocolombianas del Pacífico Colombiano sobre la estrecha relación entre lo político y la cultura, proponemos que a partir del arsenal de significados de la cultura campesina podría la ANUC construir nuevos significados de lo político, lo que la llevaría a poder crear su propia representación política ante las instituciones y la sociedad en general y a poner en marcha prácticas políticas que conlleven a una reflexión sobre la definición de lo rural, lo agrario y sobre la existencia misma y posicionamiento del campesinado como agente de cambio en el espacio social.

 

 Conclusión

          Las conclusiones del trabajo se formularon alrededor de la propuesta de nuevas visiones sobre la ANUC como experiencia colectiva gracias al cambio de herramientas analíticas para la interpretación. Tal vez una de las principales conclusiones con respecto a la ANUC es que no ha podido construir una identidad colectiva que le de sustento a un sujeto colectivo y por lo tanto a la acción. Esto no quiere decir que a través de la experiencia de actuar juntos no se hayan producido identidades, pero éstas están atomizadas, no negociadas. Sin embargo, existe hoy en día un proceso importante de búsqueda de sentido dentro de la Asociación, la búsqueda por redefinir su identidad y formar, a través del actuar juntos, un sujeto colectivo que sea reconocido política, social y culturalmente.

La reivindicación de la campesinidad nos lleva a reflexionar sobre la necesidad de la recuperación del rol de la cultura[8] dentro de los estudios de movimiento y movilización campesina, tema que no ha sido abordado por ningún autor de las luchas campesinas en Colombia, pero que comienza a ser introducido por autores como Maria Clemencia Ramírez (2001) o Mauricio Archila (2006). Podría esta perspectiva enriquecer los estudios contemporáneos en Colombia sobre la situación paradójica de una profunda crisis organizativa del campesinado, pero de otro lado la persistencia de la protesta (Archila 1995, 2001; Salgado y Prada 2000 entre otros).

En cuanto al ejercicio metodológico, creemos que el cambio de herramientas de análisis produjo resultados interesantes, y nos permite no sólo llegar a otro tipo de conclusiones sobre la experiencia de la acción colectiva campesina, sino comprobar lo que nos dice Melucci (1988) cuando resalta que la teoría de los NMS no es un paradigma empírico sino analítico, por lo que la discusión sobre la “novedad” de los movimientos sociales –y de los actores- carece de importancia, pues antes que nada es una nueva lente interpretativa. Partiendo de esta base, estas herramientas de análisis nos permiten abordar la acción colectiva desde varias perspectivas, resaltando su complejidad y dinamismo como fenómeno compuesto de múltiples procesos, facetas y dimensiones. Un “viejo actor” como el campesinado es susceptible de ser abordado a partir de nuevas corrientes teóricas, que ponen inclusive en cuestión la “vejez” de la problemática campesina. Como llama la atención Ernesto Laclau “la forma en que se hacen las preguntas de una vez presupone la mitad de la respuesta (Laclau 1985:5)”.

Este cambio metodológico va en concordancia con la vigencia y las transformaciones de la cuestión agraria, con la nueva ruralidad de la que nos habla Teubal (2001), y que los investigadores de temas rurales en Colombia están abordando (ver las obras de ILSA[9] y del CINEP[10] principalmente). La cuestión agraria no es historia, sino que hace parte del desafío democrático en América Latina en la actualidad (Gros 1998).

 

 


 Notas de pie de pagina

[1] Existen artículos menores sobre la ANUC, todos de la misma época, pero estas son las tres obras centrales sobre el tema. El capítulo de Múnera (1988) sobre la ANUC fue tratado en nuestro trabajo, pero es un trabajo posterior y que presenta una visión crítica de estas obras.

[2] El término  usuario representa una figura legal creada por el gobierno colombiano antes de los años sesenta y designa a todos los ciudadanos que tienen el derecho de beneficiarse de los servicios que debe suministrar el Estado. En el caso de los campesinos, la figura fue utilizada para estimularlos a recurrir a los servicios agrarios dentro del marco de la ley 135 de Reforma Agraria de 1961? Y la necesidad de reactivar la productividad y la producción del campo.

[3] En el 2006 se estaba llevando a cabo un proyecto de actualización de las cifras dentro de la ANUC. Sin embargo, al estar en desarrollo, preferimos tomar como punto de referencia las cifras del 2001.

[4] La cifra total de municipios fue tomada del DANE en el 2006, pero existe una inexactitud sobre el número real de municipios en Colombia. Ver www.eltiempo.com noticia del 21 de abril  de 2008 “No hay certeza sobre cuántos municipios tiene Colombia”.

[5] Son los activistas, individuales o colectivos que se encargan de estimular la movilización. Han sido planteados como fundamentales  para la formación de actores colectivos contemporáneos.

[6] Entrevistas con funcionarios de la oficina de Desarrollo Rural; Cartilla Manejo Social del Campo (2002-2006), Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural, República de Colombia.

 

[7] Sobre este planteamiento, ver por ejemplo la obra de Ana María Bidegain (1993) sobre el rol de las Comunidades Eclesiásticas de Base-CEBs  en la movilización del campesinado brasilero.

[8] El rol de la cultura ha sido tratado por los autores clásicos de la Rebelión Campesina, pero se trata precisamente de la visión que es necesario dejar atrás. De acuerdo con esta posición, la cultura campesina era un elemento retrógrado: la cultura pastoral era el principal obstáculo para la participación de los campesinos en la revolución y para la formación de una conciencia política. Ver por ejemplo  los trabajos de Wolf, Shanin o Moore.

[9] Instituto Latinoamericano de Servicios Legales Alternativos ILSA, Bogotá.

[10] Centro de Investigación y Educación Popular CINEP, Bogotá.

 

 

Referencias bibliograficas

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Para citar este articulo:

Natalia Carrillo, "Porque somos campesinos" La construccion de identidades colectivas en la Asociacion Nacional de Usuarios Campesinos de Colombia (ANUC).", RITA, n°1: Décembre2008, (en ligne), Mis en ligne le 10 novembre 2008. Disponible en ligne http://www.revue-rita.com/content/view/31/65/

 

 

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