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Los cimarrones de la provincia de Cartagena de Indias en el siglo XVII: Relaciones, diferencias y políticas de las autoridades

En este artículo se presentan tres aspectos novedosos opuestos a las tesis tradicionales relacionadas con los cimarrones de la provincia y gobernación de Cartagena de Indias en el siglo XVII: Las relaciones establecidas por los habitantes de los palenques, las diferencias entre y al interior de éstos y las políticas de las autoridades metropolitanas y coloniales frente a los fugitivos...

...En Cartagena de Indias, la expresión de resistencia más utilizada en el siglo XVII fue el cimarronaje concretado en la construcción de palenques. Aunque su intención no era exterminar el sistema esclavista sí crearon un clima de terror por la alianza que pudiera surgir entre los diversos palenques. Real o imaginaria, puso en jaque a las autoridades, obligándolas a proponer tratados de paz (medida poco exitosa) por las presiones del cabildo y vecinos principales que prefirieron la opción bélica a pesar de sus costos.

Palabras claves: Esclavización; Cimarrones; Palenques; Africanos; Criollos del monte o de la montaña.

 

Abstract

This article discusses three new and opposing points of view to the traditional theses regarding the maroons of the Province of Cartagena de Indias in the 17th century: The relationships established by the Palenque inhabitants, the differences within the maroons and among the various groups, the policies formulated by the metropolitan and colonial authorities with regards to the runaways. In Cartagena de Indias the typical tool of resistance during the 17th century was the construction of Palenques. Although their purpose was not to do away with slavery, the result was a climate of terror because of potential alliances among Palenques. This concept, whether real or imaginary, put the authorities in a bind forcing them to propose peace treaties, a measure that met little success, because it encountered the strong opposition of municipal representatives and important people who preferred a war no matter the costs.

Key words: Slavery;  Maroons; Palenques: Africans; Bush or mountain marrroons.

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María Cristina Navarrete P.

Profesora Titular

Universidad del Valle, Cali, Colombia

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Los cimarrones de la provincia de Cartagena de Indias en el siglo XVII: Relaciones, diferencias y políticas de las autoridades

 

 

Introducción

          Este artículo es uno de los resultados de un proceso de investigación de varios años acerca de los movimientos de resistencia de la población afro en el Caribe colombiano durante los siglos XVI y XVII, especialmente en la provincia y gobernación de Cartagena (1). Uno de esos movimientos fue el cimarronaje y la construcción de palenques en áreas de bosque tupido y difícil acceso. Hubo numerosos palenques pero sólo sobre unos pocos se cuenta con datos para reconstruir parte de su desarrollo. Los principales palenques de los que se hace mención en el artículo son el de La Matuna, en las cercanías del actual Toluviejo; Matudere, también llamado El Tabacal, en las serranías de Luruaco; La Magdalena en la banda derecha del Río Grande, y Limón(2) y San Miguel Arcángel, en los Montes de María, donde había otros más. Las fuentes documentales utilizadas en esta investigación provienen de los archivos Histórico Nacional de Madrid, General de Indias de Sevilla y General de la Nación de Bogotá. Para la historia de San Miguel Arcángel, futuro poblado de San Basilio de Palenque, se aprovecharon elementos de la tradición oral.

En Colombia son pocos los historiadores que han abordado el tema de la esclavitud, de la presencia y el aporte social, cultural y económico de los africanos y sus descendientes, y mucho menos sobre sus expresiones de resistencia al sistema esclavista en las provincias que conformarían el territorio colombiano. Sin embargo, se trata de una problemática que merece reconocimiento, especialmente en un país donde la existencia de comunidades negras es innegable.

Esclavismo, libertad, cimarronaje son tres conceptos estrechamente unidos. Fue la esclavitud la que interrumpió el goce de la libertad, y el cimarronaje la expresión extrema de búsqueda y recuperación de la libertad. Cuando los europeos entraron en contacto con el África negra en el siglo XV, consideraron a sus pobladores como paganos. En ese entonces se tenían prejuicios contra la esclavización de gente de naciones cristianas; en cambio, estos escrúpulos exceptuaban a los no creyentes, a quienes se consideraba indignos de la libertad. Los europeos, al capturar o comprar infieles, creían que captaban nuevas almas para la iglesia de Cristo (Brion Davis, 1996:97). Estas suposiciones estuvieron vigentes durante los siglos de la trata esclavista.

Los hombres y mujeres esclavizados en el Nuevo Mundo tuvieron la libertad como un bien deseable; en su búsqueda, por medio de la fuga, pusieron a tambalear el funcionamiento de la sociedad colonial del siglo XVII, sin que ello quisiera decir el exterminio de la institución esclavista. Buscaron romper con el cautiverio y se convirtieron en un desafío al sistema debido a los medios que usaron para conseguir su libertad. La legislación española  permitía la libertad, aunque era sabido que su consecución por esta vía no siempre era factible. La voluntad del amo estaba de por medio, y sus intereses primaban en la mayoría de los casos. Quienes ambicionaban conseguirla pero les era imposible legalmente, buscaron en la huida una forma de liberación.

En lo que atañe a los movimientos de resistencia, los esclavizados de la provincia de Cartagena de Indias utilizaron diversidad de formas. Sin duda, la más conocida, aunque no por ello la más estudiada, fue el cimarronismo y su corolario, la construcción de palenques. Varias causas que contribuyeron a crear el ambiente propicio para la resistencia tuvieron que ver con la situación tanto de los amos y de los mismos esclavos. De estos factores, algunos fueron más o menos constantes como la geografía y la existencia provocadora de comunidades cimarronas. Otros estaban relacionados con el trabajo excesivo o castigos violentos, tipo de liderazgo disponible, y el poder militar y numérico de los esclavizados. Las áreas montañosas y de vegetación espesa, sumadas al trabajo duro, los castigos y el hambre encendieron la chispa de la rebeldía.

Pero pocas mujeres y hombres esclavizados asumieron el riesgo de escapar y, menos aún, de sublevarse en insurrección. Uno podría preguntarse: ¿por qué la mayoría no reaccionó? Joao José Reis aporta la respuesta, afirmando que si los esclavizados del Nuevo Mundo no se levantaron en revueltas a gran escala contra la esclavitud, no fue porque hubieran sido absorbidos sumisamente por el mundo de los blancos, sino porque sabían que como rebeldes eran una minoría, conocían el poder militar blanco y se convirtieron en maestros inigualables de la resistencia pacífica (Reis, 1983:114). Así mismo, el color de su piel los identificaba como posibles esclavizados y por ello no podían escapar.

En este sentido, rescatar la importancia de los palenques y de sus pobladores, los cimarrones, en tanto que expresión de resistencia al esclavismo, permite comprender su participación como sujetos históricos capaces de enfrentar a las autoridades coloniales, poner en jaque sus instituciones y constituirse en una de las contradicciones de la sociedad esclavista.

Una de las características de la provincia y gobernación de Cartagena de Indias fue la existencia de palenques durante todo el siglo XVII. Desde el siglo anterior se manifestaba su influencia en las decisiones del cabildo cartagenero emitiendo acuerdos para controlar y castigar a los cautivos fugitivos. Esto explica por qué ya en este siglo había enclaves de cimarrones. El que más atormentaba a los vecinos de Cartagena, en 1570, era uno ubicado en las vecindades de la Barranca de Malambo, sitio que servía de aduana y depósito de mercancías, compuesto por esclavizados escapados de las gobernaciones de Cartagena y Santa Marta. Se transformó en un problema por los ataques a los viandantes y por la amenaza que los cimarrones significaban para el transporte de mercaderías en la ruta del río Grande de la Magdalena, llegándose a temer el bloqueo del arribo de alimentos a la ciudad (Borrego Plá, 1983:431).

Sin embargo, la demostración de insurgencia más significativa y de mayor recordación en la historia del país fue la gesta de Domingo Biohó, quien escapó hacia 1599 de la tutela de su amo con su mujer en un grupo total de treinta fugitivos. Se instalaron en el arcabuco de la ciénaga de la Matuna(3), no lejos de la villa –hoy llamada  Toluviejo-- a unos ciento diez kilómetros de Cartagena, y allí Biohó ejerció su liderazgo haciéndose reconocer como Rey de la Matuna o del Arcabuco.

El gran miedo del gobernador don Jerónimo de Suazo y Casasola, de los vecinos de Cartagena y de los miembros del cabildo de la ciudad, a comienzos del siglo XVII, era que los cimarrones del palenque de la Matuna se unieran con los de Zaragoza y Riohacha, pues así formarían una poderosa fuerza de ataque contra los españoles. Según lo que se creía, la idea que tenían los cimarrones era recoger gran número de esclavos y llegar hasta Mompox, donde había palenques y esclavos deseosos de escapar. Con la cantidad que pudieran reunir, caer luego sobre Zaragoza y tomarla; y junto con los esclavos de las minas que se levantaran, venir sobre Cartagena para causar los mayores daños posibles. Después pasarían a Panamá, específicamente a Acla, para reunirse con otros cimarrones que se encontraban en una isla. Se pensaba que los de la Matuna habían preparado la convocatoria(4), y aunque no es posible saber con certeza si tal llamamiento a los cimarrones de otros palenques fue una realidad, los temores no eran infundados. Era cierto que existían palenques en el camino a Riohacha, en Panamá y en Zaragoza, donde desde finales del siglo XVI, muchos fugitivos se refugiaron en palenques fortificados y de allí salían a robar, saltear, matar españoles y llevarse esclavos.

A pesar de la legislación restrictiva y de la persecución armada, los cimarrones no desistieron de sus intentos de búsqueda de la libertad. Para ser factibles, las comunidades cimarronas tenían que ser prácticamente inaccesibles; sus poblados estaban localizados en lugares inhóspitos y alejados de los caminos, y eran de geografía agreste que impedía la entrada de tropas oficiales, lo que también hacía ardua la vida de los propios cimarrones. Las dificultades de la naturaleza les presentaron obstáculos insalvables que sólo con grandes sufrimientos, y gracias a su creatividad y experiencia cultural colectiva, pudieron superar alcanzando logros y notables adaptaciones. Las comunidades cimarronas exitosas aprendieron rápidamente a tornar la rigurosidad de la naturaleza en su propio beneficio con el propósito de encubrirse y defenderse; además utilizaron falsos caminos repletos de trampas para llegar a los palenques y éstos fueron rodeados de fuertes empalizadas (Price, 2003:610-611).

Ahora bien, no es propósito de este artículo hacer un recuento de cada uno de los palenques durante el siglo XVII sino más bien adentrarse en el conocimiento de las diferencias entre éstos, las relaciones que establecían y las políticas de las autoridades para controlar la actividad de los cimarrones.

Mapa 1. Principales palenques del Caribe colombiano en el siglo XVII.

Realizado por el ingeniero Héctor Castro bajo la dirección de María C. Navarrete.

 

I.Diferencias entre los palenques de la provincia cartagenera

          Desde una perspectiva generalizadora podría pensarse que los palenques de la provincia de Cartagena tuvieron las mismas características de duración, composición étnica, tamaño, organización social y estructuras de poder. Aunque la idea no es refutar que hubiera algunos patrones comunes --puesto que todos obedecían a los mismos deseos de vida autónoma y rechazo al cautiverio--, conformados por esclavos fugitivos en su mayoría, en espacios de difícil acceso, organizados social y políticamente, sobreviviendo de sus huertas, la recolección y en ocasiones del pillaje, y preparados para la defensa de las autoridades, sí resaltar las diferencias, puesto que cada uno tuvo su época de existencia, su espacio y sus mecanismos de supervivencia, constituyendo así una configuración histórica y cultural específica (Guimaraes, 1996: 142). Además, estaban compuestos por distintos grupos étnicos y algunos por criollos nacidos en los palenques; de acuerdo con las posibilidades de producción de cada área, sus habitantes se dedicaron a diferentes actividades económicas.

Estas divergencias hicieron de cada palenque una comunidad étnica, social y cultural con vida propia dependiente de sus iniciativas, condiciones, experiencias previas en África y la vida en esclavitud en el Nuevo Mundo, así como de creaciones originales aportadas por los mismos cimarrones.

La corta o larga duración de un palenque, su ubicación (cerca o lejana de poblados o estancias) y las posibilidades o dificultades de acceso, determinaron en gran medida sus relaciones con la sociedad colonial, tanto urbana como rural. En la gobernación de Cartagena de Indias, los palenques de San Miguel Arcángel y Matudere son un ejemplo de estas diferencias. El primero, que en su proceso de conformación tuvo una duración de más de un siglo(5), estaba ubicado en las Sierras de María, en un espacio agreste y lejano(6), favorecido por el terreno quebrado y la cercanía del río Magdalena. Selvas y ciénagas dificultaban el acceso al poblado, que llegó a tener unas cuatro cuadras de largo por una de ancho, con unos ciento treinta y siete bohíos con sus solares y una población cercana a los seiscientos cimarrones, en la última década del siglo XVII, cuando fue conquistado. Vivía de la agricultura, la caza, la pesca y el intercambio, medios que garantizaban su subsistencia. Así mismo, sostenía relaciones con las haciendas próximas a las que los cimarrones prestaban servicios, con la anuencia de sus propietarios y mayordomos. Su población, además de aceptar nuevos cimarrones, se incrementaba y equilibraba al reproducirse a sí misma.

Por su parte, Matudere era un palenque joven, de menos de veinte años de vida, que había sido fundado a mediados de 1670 y destruido en 1693; estaba situado en la Sierra de Luruaco(7), sin duda de vegetación exuberante pero circundado de estancias y algunos pueblos de indios que le limitaban sus posibilidades de defensa y exponía a situaciones conflictivas. En Matudere escaseaban las mujeres y se vivía de la agricultura, la caza, la pesca y la recolección, pero es muy probable que la primera no estuviera tan consolidada como para producir abundantes excedentes y sacarlos del palenque a comerciar. Por ello el palenque dependía económicamente de las relaciones con las estancias de los alrededores, pero éstas llegaron a ser tan tensas que tanto cimarrones como estancieros veían en sus vecinos a posibles enemigos, preparados para el ataque. A ello se unió la vecindad con pueblos de indios, con quienes las comunicaciones eran igualmente sensibles. A fines del siglo XVII, Matudere estaba habitado por unas ciento cuarenta personas; y la mayoría de los hombres aptos estaba lista para la guerra. Acudían al rapto de mujeres para equilibrar su población en cuanto al género y constituir familias.

Las anteriores consideraciones permiten formular la hipótesis de que los palenques con cierta antigüedad, permanencia y estabilidad podían satisfacer sus necesidades básicas internamente, contrario a la posición tradicional de que todas las comunidades de cimarrones vivían del pillaje. A su vez, las relaciones que establecían con estancias aledañas les permitían complementar los productos faltantes. Esto no era óbice para que cuando se sintieran amenazadas o agredidas las atacaran en demostración de fuerza y como una advertencia para exigir su derecho a existir; en esta ocasión acudían al saqueo y al botín. Por su parte, los palenques jóvenes, de corta duración o reciente fundación, con frecuencia acudían al pillaje y al despojo de los viandantes, las estancias y los pueblos de indios, así como al robo de mujeres en las villas, ciudades, caminos y en los anteriores espacios. A mayor tiempo de permanencia y duración del palenque, mejores eran sus posibilidades de mantenimiento e independencia (Navarrete, 2007: 46).

El cimarronaje no fue un fenómeno homogéneo desde el punto de vista del origen y de las formas de pensamiento de los esclavos. Estuvo influido por diversos factores como el lugar de nacimiento, el tiempo de permanencia en América, las actividades desempeñadas como esclavizados, el trato recibido por propietarios y capataces, la proporción entre europeos y afros en la región, las oportunidades de manumisión. Así mismo, las ideas culturales y los modelos aportados por los diferentes cimarrones eran diversas, al igual que sus capacidades de adaptación (Price, 1981:33).

De igual forma, es preciso tener presente la diferencia entre los africanos nacidos en ese continente y los criollos en el Nuevo Mundo o en el palenque y a quienes se denominaba “criollos del monte o de la montaña”. Esto trajo consecuencias en la divergencia entre los palenques y la forma de convivencia entre estos grupos al interior de cada comunidad cimarrona. También, el período de existencia de un palenque hizo que los recién establecidos de corta duración tuvieran un comportamiento diferente a los de cierta estabilidad y larga permanencia.

A pesar de las diferencias entre los distintos palenques y las internas de cada uno en particular que hacían difícil la cohabitación, los cimarrones tuvieron la capacidad de deponer sus contradicciones para poder sobrevivir como comunidades autónomas; por eso Richard Price concluye que “el compromiso generalmente compartido hacia una ideología de la ‹tierra de origen› debe haber sido el vínculo que permitió que prácticas y creencias de diferentes áreas fueran incorporadas más o menos armoniosamente dentro de estos sistemas de desarrollo (Price, 1981: 38).

 

II. Relaciones entre los palenques y la sociedad colonial

          Todavía prevalece la creencia de que los palenques fueron organizaciones aisladas, sin contactos con la sociedad colonial(8). Contrario a esta tesis tradicional, los cimarrones sostenían comunicación con sus parientes de las villas y ciudades, mantenían con ellos una red de apoyo y recibían informaciones sobre los proyectos del gobierno y el movimiento de las milicias; por intermedio suyo conseguían elementos que necesitaban, como machetes, ropa, armas y municiones. De igual manera, los cimarrones establecían contacto con esclavos, mayordomos y hasta propietarios de las estancias agropecuarias y trabajaban allí periódicamente.

A pesar de sus notables logros en la lucha por conseguir una forma de vida en un medio ambiente extraño, los cimarrones estuvieron imposibilitados para manufacturar algunos artículos esenciales para su existencia. La necesidad de armas, herramientas, recipientes y vestuario hizo que estas comunidades dependieran inevitablemente de la sociedad colonial de la que intentaban desprenderse. Los palenques que lograron algún éxito instauraron relaciones económicas de cierta consideración con el resto de la sociedad. Un buen número de miembros de ésta, especialmente en el área rural, encontraron en los cimarrones proveedores útiles de bienes y servicios, y tuvieron pocos escrúpulos en abastecerlos en contraprestación de los objetos que precisaban (Price, 2003:615).

En la década de 1630, los habitantes del palenque de Limón(9), en los Montes de María, establecían vínculos con las estancias vecinas, sus propietarios, mayordomos y esclavos, y tenían allí ciertos personajes con quienes sostenían un contacto directo. Este aspecto presenta dos aristas: por una parte, era una forma para complementar la economía del palenque; por otra, era consentida por los propietarios para aprovechar su mano de obra, evitar agresiones de parte de los cimarrones e impedir que les sedujeran sus esclavos hacia el palenque.

Los cimarrones del Limonar(10) frecuentaban la estancia de don Francisco Martín Garruchena donde solían trabajar en las rozas, recogían y pilaban el maíz y le habían construido los bohíos; a cambio él les proveía hachas, machetes, cuchillos, “tocadores”(11), camisas, botijas de sal, tabaco y “cativo”(12) de mangle para que se curaran los que tuvieran llagas. Allí comerciaban con el mayordomo Juan Ortiz y con los esclavizados gallinas, mantas y fajas de algodón que hacían en el palenque, las cuales tomaban en trueque de machetes, hachas, arcos de pipa para flechas, tocadores y “cuentas”(13) para las mujeres. También él les daba camisas y cuchillos a cambio de lo que ellos llevaban. Con otro de los mayordomos de esta misma estancia, el indio Juan González, trocaban gallinas, mantas y fajas por hachas, machetes, arcos, ruan, cañamazo, jabón y cintas. Su amistad con los cautivos de la estancia era tan estrecha que gracias a ellos sabían lo que pasaba en Cartagena.

Era asunto corriente que la gente del Limonar mantuviera contacto con los esclavos que permanecían con sus amos, los alimentaran y escondieran a éstos y sus armas. Los vecinos de Cartagena habían creado un imaginario de terror porque esclavos y esclavas de la ciudad y las estancias de María favorecían a los cimarrones de Limón y estaban de su parte. Esto se manifestó una noche cuando salió de la ciudad gran cantidad de mujeres y hombres negros que iban camino a los palenques y les llevaban lanzas, arcos y flechas. Al darse cuenta de esta pretensión, fueron cogidos por las autoridades y azotados por las calles públicas, pues con ello se atajaría la “alianza y confederación” entre esclavizados y cimarrones. A pesar del castigo continuaron los “inconvenientes”(14).

A su vez, Domingo Padilla, el capitán del palenque de Matudere, declaró en 1693, ante el señor gobernador --quien se encontraba en la sala del cabildo-- que en ocasiones venía a Cartagena a comprar ollas, tabaco, jabón y regresaba al palenque cuando había adquirido todo. Explicó que los cimarrones tenían comunicación con los esclavos de varias estancias que circundaban el palenque y con gente de otras, y que no consentía que entraran esclavizados al palenque sino que, más bien, ellos iban a las estancias(15). María Antonia, de casta mina habitante del mismo palenque, le dijo al gobernador que cuando los cimarrones querían algo llevaban la plata a las estancias para que se lo consiguieran; que compraba la pólvora un hombre blanco llamado Matías, mayordomo de la estancia de Castelbondo. También los palenqueros de Matudere  mantenían tratos con Juan de Sanabria, vaquero o capataz del hato de doña María Baca, quien les proveía de tabaco, queso y carne salada (hacía pocos días les tenía una res salada para que se la llevaran a su poblado). Con todos aquellos con quienes tenían relaciones amistosas, económicas y les merecían confianza, entregaban sus productos para vender, excepto el maíz porque no permitían que éste saliera del palenque(16).

A finales del siglo XVII los cimarrones de los Montes de María, particularmente del palenque de San Miguel Arcángel y sus confederados, tenían comunicación y frecuentaban la estancia San Juan de Dios de don Mateo de León y Serna; la de Honduras, de doña María Francisca de Atienza Velásquez, y la de don José y don Hilario Márquez. Establecían contactos con los cautivos de éstas y laboraban allí periódicamente. Cuando su poblado era atacado se refugiaban en las estancias vecinas con el consentimiento de los mayordomos y propietarios, gracias al contacto que habían establecido durante sus períodos de trabajo(17).

Los palenqueros de las Sierras de María y de Luruaco, como en la mayor parte de la América española, tuvieron que convivir con los indígenas, quienes en algunos casos eran vecinos amistosos y en otras renuentes. Estos vínculos fueron una realidad pero se manifestaron de manera diversa, y variaron desde la cooperación exitosa hasta la confrontación violenta.

Aunque las conexiones estrechas entre indígenas y cimarrones no fueron la norma, las manifestaciones de violencia tampoco se hicieron permanentes. En el aspecto económico, llevaron a cabo intercambios comerciales y en muchas ocasiones llegaron hasta la complementariedad. Los cimarrones conseguían algunas cosas entre los indios y viceversa, y en lo social, aunque no hubiera plena integración, se entablaron relaciones amistosas; pero también los palenqueros, escasos de mujeres, a menudo buscaron, por vía no convencional, mujeres indias y zambas como compañeras. Hubo incluso vínculos de compadrazgo: cuando el gobernador de Cartagena le requirió a Vicente, hijo del caudillo del palenque Matudere, si había estado en el ataque al pueblo indígena de Piojón, contestó haberlo hecho pero con el deseo de librar al doctrinero, al encomendero y a una india que era madrina de una hermana suya(18).

Si bien las comunicaciones entre indígenas y cimarrones eran altamente sensibles, esto no fue óbice para que un pequeño palenque de más de cincuenta años de existencia, perdido en los montes del distrito de Tolú, a cuarenta leguas de esta villa, aceptara la presencia de un indio llamado Hernando con su mujer. Era él quien conducía y capitaneaba el palenque desde hacía nueve años, época de su llegada, y allí tuvo sus seis hijos. Buscó refugio en éste después de huir de su encomienda y sólo se supo de estos cimarrones en 1639. El poblado palenquero fue destruido en 1641(19).

Richard Price afirma que las comunidades cimarronas que obtuvieron algún éxito establecieron relaciones económicas de cierta consideración con la sociedad colonial. Destaca dos aspectos: la dimensión de la dependencia de la sociedad para algunos productos esenciales, y la cantidad de convenios establecidos entre los rebeldes y miembros de varias clases sociales, siempre y cuando les sirviera a sus propios intereses. A pesar de sus notables logros en la lucha por conseguir una forma de vida en un medio ambiente difícil y extraño, los cimarrones estuvieron imposibilitados para manufacturar algunos artículos esenciales para su existencia. Con las guerras teniendo lugar, la necesidad de armas, herramientas, recipientes y vestido hizo que las comunidades cimarronas dependieran inevitablemente de la sociedad de la que intentaban desprenderse (Price, 2003:615).

Ciertos libertos y dueños de estancias, hatos y trapiches estaban interesados en favorecer a los cimarrones; con ellos trabajaban, negociaban alimentos, pertrechos y otros productos. Hicieron alianzas con los apalencados, en la medida en que sus propios esclavos no huyeran, de lo cual podrían derivar algún lucro. Encontraron en ellos proveedores útiles de bienes y servicios y tuvieron pocos escrúpulos en abastecerlos, en contraprestación a las cosas que necesitaran. Las relaciones económicas que los cimarrones entablaron con las estancias indicarían que los palenques -al decir de Donald Ramos- fueron parte integrante de la sociedad colonial, partícipes del tejido social, en términos económicos, y en cierto sentido funcionaron como una válvula de escape (Ramos, 1996:167).

 

III. Políticas de las autoridades frente a los palenques

          Cuando las fuerzas y las confrontaciones bélicas entre los cimarrones y las autoridades eran semejantes, y tanto para unos y otros la victoria era esquiva o la derrota inminente, los gobiernos provinciales acudían a negociar la paz y los palenqueros aceptaban con la condición de conservar su independencia.

Esta medida fue utilizada en numerosos casos en el Nuevo Mundo donde quiera que hubiera presencia, temor y peligro de las acciones de los cimarrones. Los europeos y criollos importantes se vieron obligados a solicitar la paz a los fugitivos. En tales tratados les ofrecieron la libertad y reconocieron las comunidades cimarronas, solicitando como contraprestación poner fin a las hostilidades y devolver los futuros fugitivos. La mayoría de los palenques nunca alcanzó este estadio, pues fue destruida por la fuerza de las armas y los tratados fueron violados o denegados (Price, 2003: 609-610).

A comienzos del siglo XVII, durante el gobierno de don Jerónimo de Suazo y Casasola de la ciudad y provincia de Cartagena, los cimarrones del palenque de la Matuna, liderados por el rey del arcabuco, Domingo Biohó, fueron atacados por las fuerzas del orden en varias ocasiones. El gobernador, considerando las complicaciones que se tendrían para acabar con ellos y en vista de que los cimarrones que sobrevivieron al asedio de las milicias desistieron de un levantamiento, prefirió negociar la paz. La guerra había sido muy difícil y los rigores de la lucha hicieron que el triunfo fuera casi imposible; además, los gastos del alistamiento de las escuadras y la dificultad para exterminar a los pobladores de la Matuna llevaron al gobernador a diligenciar un tratado de paz con ellos(20).

Posteriormente, en 1622, el gobernador de Cartagena don García de Girón se dirigió al rey para dar cuenta de nuevos incidentes ocurridos con el capitán de los cimarrones de la Matuna, bajo el argumento de haberse trenzado en una riña con la guardia del presidio de Cartagena, a la que amenazó con una lanza. A las diez de la noche fue prendido y presentado ante el gobernador, quien después de un apresurado proceso decidió que mandarlo a la horca sería un castigo ejemplar. De esta manera, el 16 de marzo de 1622 fue sacrificado el rey del arcabuco(21).

La política de los acuerdos de paz fue escasamente exitosa(22). La manera de hacer frente a la existencia de los palenques de la provincia cartagenera puso en evidencia la diferencia de intereses que existía entre los funcionarios de la administración colonial y los vecinos de Cartagena. En ocasiones, los gobernadores intentaron remediar la situación por medios pacíficos, pero siempre los vecinos y los miembros del cabildo se manifestaron reacios a estas medidas y prefirieron la guerra. Fueron sus presiones las que en últimas acarrearon la destrucción y la lucha a muerte contra los palenques de la provincia de Cartagena.

En la confrontación con el palenque de Limón, el 20 de septiembre de 1633, el gobernador provincial, Francisco de Murga, entregó una orden a don Juan de Sotomayor portando el tratado de paz que habría de convenirse con Simón, uno de los capitanes del palenque de Limón. El gobernador prometía para “mayor servicio de Dios y del Rey nuestro señor” actuar con misericordia y el capitán Simón podría enviar dos personas de su confianza para hablar con él. Dio su palabra en nombre de su majestad(23), pero los miembros del cabildo municipal prefirieron la guerra.

El poder del cabildo cartagenero llegó a ser tan fuerte que se contrapuso a las propuestas del gobernador y en ocasiones, cuando la política de la Corona fue conciliadora frente a los cimarrones, tomó una actitud bélica que llevó a que los mismos vecinos costearan la guerra contra los palenques. Según Anthony McFarlane, el cabildo se opuso en la práctica a las políticas gubernamentales frente a la solución de sus propios asuntos. Además, la existencia de los palenques debilitaba la autoridad, y el poder de la monarquía causaba trastornos en el área rural y deterioraba el control que tenían los amos sobre sus esclavos. El problema real de los palenques para la gente de poder era la política de la Corona de negociar con ellos y permitirles un territorio libre para su poblamiento. Esto significaba para los propietarios de esclavos una amenaza contra la esclavitud (McFarlane, 2005: 250-251).

Si bien los palenques no fueron un peligro contundente frente a la institución de la esclavitud, pasaron a constituir una representación, una amenaza simbólica atemorizante para los propietarios, los vecinos y las autoridades. No obstante, fustigaron con porfía el régimen esclavista. Igualmente, la forma de solucionar los conflictos con los cimarrones puso en contraposición a las diversas instancias del gobierno. Para completar la problemática, las políticas de estas instancias tampoco fueron estables. La Corona y el Consejo de Indias titubearon entre propuestas beligerantes y pacifistas. A éstas se enfrentaron las provisiones de la Audiencia Real del Nuevo Reino de Granada, con sede en Santa Fe de Bogotá. De esta forma se entabló una lucha de poder entre los defensores de una y otra medida. La cuestión de los cimarrones se trasformó en una lucha de intereses y en una pugna entre las autoridades.

En 1682, el padre Baltasar de la Fuente Robledo, cura de Turbaco, había entrado en contacto con los cimarrones del palenque de San Miguel Arcángel, quienes muchas veces lo llevaron a uno de sus poblados, donde bautizó párvulos y adultos, celebró matrimonios e hizo pláticas espirituales. Cuando supieron que estaba presto para viajar a España le solicitaron que explicara al Rey que ellos querían “ser sus vasallos, y sólo pretendían la libertad, y estar como tales debajo de su protección y amparo”(24). Efectivamente, don Baltasar arribó a España y se presentó ante el Consejo de Indias llevando consigo dos memoriales en favor de los cimarrones de los Montes de María.

En esa misma década, en 1687, los cimarrones del palenque San Miguel Arcángel establecieron relaciones con el padre Miguel de Toro, cura doctrinero del pueblo de Santiago, en la gobernación de Santa Marta. Asistía al palenque a instruirlos en la fe cristiana, bautizarlos, confesarlos y exhortarlos para que salieran del monte. Los cimarrones le aseguraron que estarían dispuestos a obedecer las órdenes e instrucciones reales, si fuesen perdonados por haber huido, y considerados libres los que habían nacido en la montaña más los que habían permanecido en ella por diez años. Deseaban que esto se les garantizara a través de una Real Provisión de amparo.

El padre Toro logró tramitar ante la Real Audiencia de Santa Fe la provisión de amparo que solicitaban y ésta fue expedida en junio de 1687. La real provisión encargó al gobernador no causar ningún agravio a los cimarrones y permitirles establecerse en la provincia de Santa Marta(25).

En mayo de 1688 el rey, ante la petición del gobernador de Cartagena, don Juan Pando de Estrada, y en vista de las presiones de los vecinos de la ciudad de poner fin a las calamidades que sufría la provincia, expidió una Cédula Real autorizándole proseguir la conquista de los negros alzados que se hallaban establecidos en cuatro palenques de las Sierras de María. Se creía que esta medida militar evitaría que los negros cometieran más hostilidades e impediría que sus fuerzas engrosasen con los fugitivos que se les unían(26).

En 1691, el Consejo Real informó a su majestad de la presencia en la corte y la exhibición de dos memoriales entregados por don Baltasar de la Fuente Robledo, cura del pueblo de Turbaco, en el obispado de Cartagena de Indias en los que manifestaba que  los cimarrones que se encontraban fortificados en el distrito de las Sierras de María tenían intenciones de sujetarse voluntariamente al gremio de la iglesia y al servicio real. Tanto el Consejo como el rey estuvieron de acuerdo con la necesidad de evitar la fuerza de las armas y usar medios más suaves para reducir a los esclavos fugitivos, ante lo cual mandaron recoger las órdenes que se habían dado al gobernador de Cartagena en 1688, y decretaron no hacer uso de ellas. Al mismo tiempo expidieron una Real Cédula acompañada de instrucciones encargándole aplicar suavidad y cuidado con los negros de los palenques de los Montes de María. Con tal medida se ganarían muchos hijos para la iglesia y vasallos para su majestad(27). El sacerdote Baltasar de la Fuente Robledo regresó al puerto de Cartagena en 1693 trayendo consigo la Real Cédula y sus instrucciones de cómo aplicarla. Todo parecía favorecer a los cimarrones de las Sierras de María.

El gobernador efectuó sendas juntas con los cabildos secular y eclesiástico de Cartagena y les informó del arribo de la Cédula y las instrucciones. Con esta noticia, la ciudad comenzó a alterarse pues los vecinos eran de la opinión de que esas cédulas no convenían(28). Fue así como ante las presiones del cabildo de la ciudad, el gobernador accedió a que se tomaran las armas para conquistar los palenques que se encontraban más cerca y que últimamente habían causado hostilidades. Los miembros del cabildo ofrecieron sus caudales y haciendas, y las de los vecinos de la ciudad. Los primeros palenques arrasados fueron Matudere y Betancur, ubicados en las Sierras de Luruaco.

Don Martín de Cevallos y la Cerda, gobernador de la provincia, se negó a aceptar la propuesta de los cimarrones del palenque de San Miguel Arcángel de trasladarse a la provincia de Santa Marta, como lo aprobaba la provisión de la Real Audiencia. El gobernador argumentaba que la oferta no era justa porque no se podía usar una Real Provisión de la Audiencia para contravenir un Real Despacho de su majestad que era posterior y acordado por el Consejo de Indias. En éste expresamente se declaraba que para que tuviera validez la libertad de los cimarrones, sus amos tendrían que ceder el derecho de propiedad, lo cual era imposible. Además, esto significaría “el mal ejemplar de que unos negros revueltos consigan lo que intentaren”(29). En 1693, bajo el gobierno de don Sancho Jimeno de Orozco, la guerra se emprendió contra los palenques ubicados en las Sierras de María para los cuales el rey había expedido la cédula de tratar de reducirlos a través de medios pacíficos.

La historiadora mexicana Adriana Naveda Chávez-Hita afirma que la política ambivalente de las autoridades coloniales para enfrentar a los esclavos fugitivos fue una constante. Por un lado, utilizaron un trato fiero y estricto cuando los grupos de cimarrones amenazaban la producción y la estabilidad política, pero por otro, una vez que los miembros del gobierno se convencían de la dificultad para localizar los palenques, destruirlos y someter a los cimarrones, negociaban con ellos y les otorgaban la libertad a cambio de retornar a los nuevos desertores. Por su parte, los propietarios de esclavos siempre se opusieron a la concesión de la libertad de los cimarrones, ya que argumentaban la pérdida de la inversión y el mal ejemplo que daban a otros esclavos de la región (Chávez-Hita, 2001: 159-160).

 

Conclusiones

           Este artículo procuró demostrar que los movimientos de resistencia llevados a cabo por las mujeres y hombres esclavizados estuvieron conectados con el sentido de libertad y autonomía. Lo propio sucedió en la provincia de Cartagena de Indias, donde la expresión de resistencia más utilizada en las últimas décadas del siglo XVI y durante todo el siglo XVII fue el cimarronaje concretado en la construcción de palenques. Estos eran poblados cercados de empalizadas, fosos, trincheras y caminos erráticos --para impedir el ingreso de las milicias del gobierno-- a los que favorecía la geografía agreste, montuosa, de selva tupida y terrenos cenagosos.

Aunque la intención de los cimarrones no era exterminar el sistema esclavista, sí lograron construir un imaginario de temor entre los vecinos y las autoridades coloniales que hicieron todo lo posible por contrarrestar la vida de los palenques y evitar una alianza, quizás real o posiblemente imaginaria, entre los diferentes palenques a los que se unirían los esclavos de la región. Los cimarrones fueron parte de la sociedad colonial y desde la perspectiva histórica eran sujetos activos, que a pesar de las circunstancias de la esclavización, buscaron una vida propia. Construyeron espacios donde elaboraron manifestaciones culturales, formas de socialización, organizaciones políticas y desarrollos económicos. De allí la urgencia de rescatar la importancia de los palenques y sus habitantes para comprender y valorar su capacidad para enfrentarse a las autoridades y poner en jaque las instituciones.

Si bien el artículo quiso destacar las diferencias existentes entre los distintos palenques de la gobernación de Cartagena en cuanto a su composición étnica, temporalidad, uso del espacio, duración, tamaño y economía, esto no quiere decir que no hubiera entre ellos patrones comunes relacionados con el rechazo a la esclavización, el anhelo de una vida autónoma y la capacidad de organizarse social y políticamente. Sin embargo, sus desigualdades permiten lanzar la hipótesis de que los palenques de larga duración y estabilidad económica no necesitaban acudir al pillaje; antes bien, utilizaron la agresión cuando sintieron su seguridad amenazada. Por el contrario, los palenques jóvenes y de corta duración recurrían más frecuentemente al pillaje, al despojo de estancias y al robo de mujeres en los pueblos de indios.

Así mismo fue posible comprobar que los palenques del Caribe cartagenero no fueron comunidades aisladas, como pretenden  demostrar posiciones tradicionales y en cambio mantuvieron relaciones sociales con los pobladores de las estancias vecinas y los indígenas, unas veces amistosas y otras hostiles. Además, sostuvieron con ellos transacciones comerciales, trocando lo que producían los palenqueros de acuerdo con su economía y recibiendo a cambio los artículos que necesitaban a través de intermediarios que los conseguían en la ciudad. Por otra parte, existieron vínculos laborales puesto que los cimarrones trabajaban en las estancias desempeñando diversos oficios. Esto disminuía las tensiones que generaba la cercanía de los palenques.

Por último, pudo evidenciarse que se careció de una política definida por parte de la Corona y las autoridades coloniales --Audiencias, gobernaciones y cabildos municipales-- sobre la manera de actuar frente a los habitantes de los palenques. En el caso de la ciudad y provincia de Cartagena, generalmente fueron los regidores y los vecinos quienes ejercieron presión sobre los gobernadores para asumir una política beligerante. Se usó la fuerza para destruirlos y la respuesta del gobernador dependía de sus actitudes negociadoras o represivas.

No todo queda dicho sobre los palenques cartageneros pues aún hay muchas vetas por explorar. El trabajo histórico apenas comienza y quiénes más que los propios afrodescendientes y los sucesores de los palenqueros para emprender este trabajo de tanto valor, que permite comprender la identidad de estas comunidades. Esto obliga a quienes hemos avanzado un poco en esta empresa seguir acercándonos con mayor entusiasmo a la inasequible verdad histórica, bajo la premisa de que el saber no es monopolio de una cultura específica sino que es universal.

 

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Notas de pie de página

(1) Este artículo presenta tres de los principales aspectos concluyentes de una investigación más completa sobre los palenques del Caribe colombiano en los siglos XVI y XVII. Se destacan por considerarlos novedosos en cuanto al conocimiento de las relaciones sociales y políticas de los cimarrones que convivieron en los palenques. Parte de estas reflexiones fueron explicadas en las ponencias del II Seminario Internacional la Diáspora Africana en el Bicentenario de la Independencia de Cartagena realizado en esta ciudad en octubre de 2010,  son originales y están inéditas.

(2) El palenque de Limón también era llamado El Limonar.

(3) Es probable que el palenque de la Matuna hubiera estado localizado en el área del hoy Toluviejo, en el piedemonte occidental de los Montes de María. Domingo Biohó de quien  se habla es el mismo Benkos Biohó que menciona el doctor Arcos seudónimo de Camilo Delgado (1913: 16-18) en Historias, leyendas y tradiciones de Cartagena T. IV.

(4) Archivo General de Indias. (En adelante AGI). Santa Fe, 38, R.2, N.70 bis. Carta del gobernador de Cartagena don Jerónimo de Suazo y Casasola a su majestad.

(5) Según declaraciones de cimarrones aprehendidos en la guerra contra San Miguel Arcángel se tiene conocimiento que sus habitantes procedían del palenque de La Magdalena, de otros fundados en los Montes de María a finales del siglo XVI o comienzos del XVII, entre ellos El Limonar o habían nacido en éstos y se los conocía como “criollos del monte”. AGI.  Santa Fe 212.

(6) El actual poblado de San Basilio de Palenque está localizado a unos sesenta kilómetros de Cartagena, pero llegar hasta los palenques de las Sierras de María en el siglo XVII podía tomar varios días. Cuando el obispo Antonio María Cassiani se dirigió hacia el palenque de San Miguel Arcángel (futuro San Basilio de Palenque) para acordar la paz de parte del gobernador demoró ocho días, por la vía de Mompox. Hacía algunos trechos a caballo y otros a pie pues pasar arroyos a caballo no era posible. AGI. Santa Fe 436. fls. 14-15.

(7) Las serranías de Luruaco están situadas entre los departamentos de Bolívar y Atlántico.

(8) En su artículo “Esclavos e coiteiros no quilombo do Oitizeiro Bahia, 1806”, Joao José Reis (1996:332) opina que todavía existe entre los especialistas la visión del quilombo como centro aislado, formado por centenares de esclavos fugitivos que se unían para reconstruir una vida africana en libertad..  En el artículo “Uma historia da liberdade” Joao José Reis y Flavio dos Santos Gomes (1996:11) hablan de autores “restauracionistas” que evidencian la concepción popular de quilombo como comunidad aislada y aislacionista que pretendía recrear el África pura en las Américas. Sería una especie de sociedad alternativa a la sociedad esclavócrata donde todos serían libres y posiblemente iguales, tal como lo hubieran sido en África, un África considerablemente romantizada. Estos autores serían Raimundo Nina Rodríguez, Arthur Ramos, Edison Carneiro, Roger Bastide, R.K. Kent, Eugene Genovese. 11.

(9) Probablemente el palenque de Limón fue fundado entre 1574 y 1594. AGI, Patronato, 234, R. 7\1, Carta del gobernador Francisco de Murga a su majestad.

(10) Ver nota 2.

(11) Tocador era un paño que utilizaban las mujeres para cubrirse la cabeza.

(12) Según el Diccionario de la lengua española. Vigésima segunda edición, cativo es un árbol colosal de la familia de las Papilonáceas. http://www.rae.es/

(13) Cuentas eran collares para adorno de las mujeres.

(14) AGI, Patronato, 234, R.7\2, Declaración del alférez Diego Márquez, fls. 1070v-1080.

(15) AGI. Santa Fe. 213. Declaración de Domingo Padilla.

(16) AGI. Santa Fe. 213. Declaraciones de María Antonia de casta mina y Nicolás, mulato. El maíz debió ser un alimento esencial en su dieta. Es posible que el capitán no permitiera su salida para garantizad la “seguridad alimentaria” del palenque.

(17) AHNM.  Inquisición. Legajo 1609. No. 14. Presentación de testigos. Sin foliar. Legajo 1613. No. 1. fls. 218v-221v y 227-229.

(18) AGI.Santa Fe. 213. Declaración de Vicente, hijo del capitán Domingo Padilla.

(19) AGI. Santa Fe 40, R.3, N. 74. Relación de la destrucción de un palenque en el distrito de Tolú ubicado a unos 220 kilómetros de esta villa.

(20) AGI. Santa Fe, 38, R.2, Nº 51\1. Carta del gobernador de Cartagena don Jerónimo de Suazo y Casasola a su majestad.

(21) AGI. Santa Fe, 38, R.6, Nº 176, 1. Relación del gobernador de Cartagena don García de Girón a su majestad.

(22) En el territorio de la provincia de Cartagena, sólo en el siglo XVIII, en 1714, se logró la paz y la firma de un tratado con los cimarrones del palenque de San Miguel Arcángel por intermedio de obispo de Cartagena Antonio María Cassiani.

(23) AGI, Patronato, 234, R\2, Orden del gobernador Francisco de Murga a Juan de Sotomayor, fls. 752-755.

(24) AGI. Santa Fe. 213. Memorial escrito por don Baltasar de la Fuente Robledo.

(25) AGI. Santa Fe. 213. Real provisión de la Audiencia y Cancillería de la ciudad de Santa Fe.

(26) AGI. Santa Fe. 213. Carta de su majestad al gobernador de Cartagena don Juan Pando de Estrada.

(27) AGI. Santa Fe. 213. Carta escrita por los miembros del Consejo de Indias a su majestad.

(28) AGI. Santa Fe. 213. Expediente sobre la sublevación y pacificación de los negros cimarrones.

(29) AGI. Santa Fe. 213. Carta del gobernador don Martín de Cevallos y la Cerda a su majestad.

 

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Para citar este articulo:

 Navarrete P Maria Cristina. , «Los cimarrones de la provincia de Cartagena de Indias en el siglo XVII: Relaciones, diferencias y politicas de las autoridades», RITA, N°5 : diciembre 2011, (en línea), Puesto en línea el 15 de diciembre de 2011. Disponible en línea http://www.revue-rita.com/dossier-thema-61/los-cimarrones-de-la-provincia-de-cartagena-de-indias-en-el-siglo-xvii-relaciones-diferencias-y-politicas-de-las-autoridades.html